30 may. 2015

Una copa de vino. La misma que roza los labios que, hace unos minutos, humedeciste tú con tus últimos besos. 
Por eso, odio las despedidas.
Porque no es sólo tu presencia, sino lo que consigues hacer con ella. No es sólo por tu materia, sino porque conviertes en real todo tu potencial. Porque consigues que mi sano juicio conozca la bipolaridad que siempre acuso de insana. Porque pones de patas arriba mi mundo y me conviertes en la persona más feliz de él. 
Por eso, odio las despedidas.
Porque me estrechas entre tus brazos y se desploma mi alma. Porque es un abrazo que despedaza mi esperanza, que aniquila mi paciencia, que perturba la incertidumbre y la calma que me induces cuando estás. 
Odio no saber cómo voy a sentirme la próxima vez que te vayas. Odio echarte de menos cuando aún estás conmigo. Odio sentir que te necesito tanto que desequilibras la parte más sana e independiente de mí. Odio tanto que te vayas… que descubro que eres lo que más he querido en la vida.
Me besas como si fuera el último de nuestras vidas. Me abrazas como si me protegieras de la peor catástrofe del mundo. Me miras como si penetrando mi alma consiguieras que, una parte de ti, se quedase en mi durante la ausencia. Odio tanto que te vayas…
Odio tanto que te vayas… que descubro que no es que odie las despedidas, sino que lo que más odio, es que sea la nuestra.
Y éstas fueron mis últimas palabras dirigidas a  ella.